Hoy, como tantas otras veces, nos hemos reunido para conmemorar el día del maestro. Conmemoración que reviste siempre el sentido de homenaje a una profesión de raigambre tan antigua como la humanidad que, desde sus albores necesitó imperiosamente dar y recibir sabiduría. No de otro modo desde la época de las cavernas hasta hoy, los conocimientos, tradiciones, descubrimientos y costumbres fueron traspasando y acumulándose de generación en generación , divulgados y recreados a partir de la enseñanza.
El dar y recibir conocimientos es una de las más nobles de las funciones. Enaltece enriqueciendo tanto al educador como al educando.. Y esto es, quizás lo más loable de esta tarea que cuando logra la perfecta simetría de comunicar y enseñar con comprensión y sin autoritarismos, produce más allá de las fórmulas frías, métodos o técnicas, el deslumbrante milagro de aprender.
Fascinante y altruista es la labor de los maestros. En zonas rurales o escuelas de frontera, luchando con factores climáticos adversos, rescatando de un futuro sin horizontes a sus alumnos o aquí, en establecimientos confortables o no, diseminados dentro de nuestra hermosa ciudad, que también, de alguna manera los somete a las duras exigencias de trasladarse de una escuela a otra en colectivos no siempre cómodos, urgidos por prisas cotidianas y horarios estrictos.
A pesar de todo, el maestro, el verdadero, el que lleva en sí mismo la convicción de poder, cual si fuera un don, derrotar la ignorancia, ese MAESTRO con mayúsculas debe tener también la dosis de humildad que le haga trasmitir, entregar con una ofrenda su propia sabiduría.
Poder y humildad, ésta es la más bella paradoja de la función del maestro.
Por todo esto y por mucho más, por el embeleso de la primera palabra que pude escribir, el cuento que aprendí a leer, el compañerismo y la amistad que pudimos compartir, por la advertencia oportuna y la sonrisa reparadora, por todo, Maestros: muchas gracias !::::::
Fabián Claudio Arata